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Lorena Calderón nació en Villa Dolores, en la provincia de Córdoba, Argentina. Pasó su infancia en Villa Sarmiento, un pequeño pueblo de Traslasierra. De esos primeros años de su vida recuerda la tranquilidad, el disfrute y el compartir con su familia y sus amigos: jugar con barro en la vereda o construir chozas en el patio con sus tres hermanos mayores, el pan casero de su mamá y los días de carnaval.

Tuvo contacto con la música desde muy pequeña, especialmente con el folclore, a través de su padre, que había formado parte de un grupo y tocaba la guitarra. Estudió un año de piano y después comenzó a cantar y a aprender guitarra.

Su relación con Dios inició a una edad temprana. Cuando tenía dos o tres años, su madre le enseñaba a rezar todas las noches y frecuentemente rezaba el Rosario con ella y con su hermana. En esas primeras oraciones, y a lo largo de su infancia y adolescencia, fue descubriendo la necesidad de tener un vínculo cercano con Dios, “sin saberlo, ahí mi corazón sentía esa sed”. Esa búsqueda tuvo un antes y un después, gracias a una experiencia muy fuerte en la que descubrió la presencia de Dios. A los quince años, en una misa, durante un retiro, mientras el ministerio de música cantaba: “Yo sentía como si un río brotara desde mi interior hacia afuera. Sentía frescura, alivio y no paraba de llorar. Experimenté en ese retiro la presencia de Dios vivo y dije: este es el Dios que andaba buscando”. Allí fueron surgiendo sus deseos de ayudar, especialmente, a aquellos que atraviesan situaciones de dolor.
Con otras personas que habían participado del retiro, formó un grupo de oración. Llevó la guitarra a la primera reunión y cantó algunas de las canciones que conocía. Así, de a poco y, al principio, con algunas dudas y miedo, fue sintiendo el llamado al servicio de la música.
Animada porque sabía que Dios obraba a través ella y era de gracia para los que la escuchaban, fue perdiendo el miedo y creyendo en ese sueño que había sido plantado en su corazón.

A los dieciocho, se trasladó a la ciudad de Córdoba para estudiar Psicología en la universidad. Como parte de un grupo de la Renovación Carismática Católica, continuó cantando en misas, retiros y charlas. En ese tiempo, surgieron las primeras canciones propias, una de ellas, “Cantarte con mi vida”. La oración y la meditación de la Palabra fueron (y siguen siendo) fundamentales a la hora de componer: “Las canciones que he ido escribiendo han sido oraciones a las que después les voy poniendo música”.

Después de once años, dejó ese grupo de oración y emprendió su carrera como solista, con la grabación de algunas canciones. “Yo en ese momento empecé a pensar qué quiero hacer con esto que Dios me ha dado. Una vez que dije, ya está, Dios lo quiere, yo lo quiero, me largué.” En ese proceso ha ido encontrando diferentes personas que Dios puso en su camino y que la acompañaron a cumplir este sueño.

Actualmente, vive en Alta Gracia con su esposo y su hijo, Pedro. Así como es apasionada de la música, le apasiona también su trabajo como psicóloga y lo vive desde su fe como un medio de sanación y de contención para las personas. Si bien por ahora mantiene su profesión y su gusto por la música de forma paralela, desearía, en algún momento, poder brindar un servicio que ensamble ambas áreas. Además, vive el llamado a la familia, como madre y esposa: “Dios no te va a llamar a cosas que son incompatibles una con la otra. Son muchos deseos, pero no necesariamente excluyentes. Hay que cuidar cada espacio, pero se puede hacer.”

Sirve todos los domingos en la misa de la Gruta de Lourdes y sigue trabajando en este sueño de grabar temas propios, de tocar en los distintos espacios donde la llaman, siempre abierta a lo que Dios quiera. “Lo que pretendo es que la música que yo hago sea música de Dios, sea música que acerque a las personas a Dios. Yo siempre le pido la gracia de que, a través del canto y de la música, Él obre, Él sane, que toque el alma con una canción. Ésta es mi misión.”